miércoles, 7 de diciembre de 2016

La Venezuela del futuro: el reto de vivir sin la renta petrolera

En varias naciones africanas, existe un modelo de explotación que, contrario a la lógica progresiva ha traído más subdesarrollo e involución a las mismas; son los llamados “Diamantes de sangre” o “diamantes de guerra”. Esto sirve como el ejemplo más ilustrado de como una potencialidad natural de una nación se convierte tal vez en su peor defecto. En estos países, en vez de apalancar construcción de viviendas, hospitales, y marcar el bienestar de la población, solo ha traído atraso, guerra y mucha destrucción. Con sus diferencias, y dentro de un contexto muy diferente, las naciones que están posicionadas sobre ingentes cantidades de petróleo en su subsuelo, no están exentas del riesgo y las consecuencias que han sufrido estas naciones africanas. Si bien no con el dramatismo de aquellas, el mercado petrolero tiene la suficiente dinámica para colocar un país en el umbral del progreso, o al borde de un abismo económico. La razón fundamental está en la percepción ya aceptada globalmente de que este recurso es de naturaleza infinita; como durara para siempre, siempre se va a poder depender de el para apalancar la vida en sociedad. A principios del siglo XX, una Venezuela golpeada por más de un siglo de guerras independentistas y conflictos civiles internos, azotada por enfermedades endémicas como la malaria y fiebre amarilla, una Venezuela que andaba en caballos y carretas, en esencia una Venezuela eminentemente rural y primitiva, se las había ingeniado para exportar al mundo café, cacao, caña de azúcar, ganado vacuno, tabaco, cuero de res y caucho. Un nada despreciable bagaje para una nación aún por debajo de otras a nivel especialmente infraestructural y tecnológico. Hasta que en la segunda década, se da un vuelco hacia el mercado petrolero, a raíz del descubrimiento de yacimientos a gran escala, lo que hizo que ya para 1929 Venezuela fuese el segundo productor y primer exportador mundial de este rubro. Venezuela fue desde 1928 hasta finales de los años cincuenta, el principal exportador del mundo, pero el crecimiento violento de la demanda de posguerra, hizo crecer violentamente la producción del Medio Oriente, petróleo cuya calidad y menores costos comenzaron a desplazar los mercados venezolanos. La OPEP es un organismo que surgió por múltiples intereses, para los países del Medio Oriente era aliarse con el país de mayor experiencia petrolera y representaba un freno a la arremetida de las grandes potencias, para Venezuela era y sigue siendo el organismo que le garantiza, gracias a las cuotas de producción, seguir contando con mercados seguros y no ser desplazado por el petróleo del Medio Oriente. La OPEP ha sido víctima de múltiples adversarios, muchas veces se ha decretado su muerte, hoy simboliza la mayor representación de los intereses del tercer mundo. El petróleo permitió a la nación agilizar la transición de nación rural a nación principalmente urbana, a raíz de este proceso de expansión el acceso entre ciudades se hizo lo suficientemente accesible y atractivo para llevar a muchos a abandonar los campos, y eventualmente dejar de ser lo que hasta ahora se había sido; una nación agrícola con potencial de primer mundo, pero carente de los servicios y la infraestructura para lograrlo. El petróleo se volvió amo, dueño y señor, aun siendo una gran incógnita todo lo referente al mismo para los habitantes de la nación. El asunto que deriva en este análisis, no pasa por colocar en tela de juicio el aporte del petróleo al progreso del País; se trata de la ausencia, no de visión estratégica, sino de articulación de voluntades para ejecutarla. Naciones como Noruega, que sufrieron los embates de los ciclos depresivos del mercado petrolero, haciendo uso del aprendizaje por experiencia, crearon un fondo de inversiones que les permite, en un mercado con el barril a menos de 30 dólares, posicionarse sobre un colchón de más de 400.000 millones de dólares, para satisfacer las necesidades de poco más de 3 millones de habitantes. Ahora, bien, si en un momento histórico en el que las condiciones eran mínimas, se pudo explotar la actividad agrícola a niveles bastante respetables. Ciertamente hoy, con un mundo más evolucionado a nivel tecnológico e infraestructural, y dando por sentado que están dadas las condiciones desde el punto de vista de recursos naturales, no es ni mucho menos una proposición utópica volver a las raíces. La historia muestra que el mercado petrolero, influenciado por determinadas circunstancias, se torna cíclico, en la misma medida en la que puede experimentar grandes subidas, fácilmente puede desplomarse. Una economía diversificada permite lidiar con estos fenómenos desde una posición menos compleja, enfocando recursos y diseñando políticas públicas que vayan a reforzar las actividades económicas que en el momento reporten mayores dividendos a la nación, para surfear la ola depresiva. Ahora bien, más difícil que crear algo desde su comienzo, debe ser reactivar o recuperar algo que, por desidia o por reenfoque de las políticas se abandonó en su momento, aun en su esplendor. Si bien las tecnologías e infraestructuras estarían al alcance a corto plazo para apalancar estas actividades, no es menos cierto que con respecto a una perspectiva de mercado mundial se está uno o dos pasos detrás del resto de potenciales competidores. En un mercado convergen oferentes y demandantes, y en general los más fuertes tienen cuotas de mercado ya establecida; lo cual complica el panorama de entrada, se puede ingresar al mercado de consumidores de materias primas e insumos agrícolas y pecuarios, pero de entrada no sería pertinente afirmar que como oferentes seriamos la mejor opción. Para aumentar las posibilidades de constituirnos en una alternativa lo suficientemente atractiva, hay que llevar adelante toda una serie de reformas estructurales internas a nivel fiscal, monetario, cambiario, colocando en un análisis objetivo cual ha sido el verdadero efecto de instrumentos legales como la Ley orgánica de costos y precios justos, y en consecuencia realizar los ajustes correspondientes. Antes de activar el aparato económico, es necesario tomar una serie de medidas inmediatas que le permitan en una primera instancia salir de la depresión en la que el mismo se encuentra. Todo lo anteriormente expuesto colinda con la realidad actual, la cual no es más que el hecho de que el mermado ingreso petrolero provee de los recursos necesarios para el funcionamiento de un Estado sobredimensionado en muchas de sus dimensiones, ejerciendo control sobre empresas públicas que si bien algunas están haciendo un buen trabajo, un número importante de ellas está lidiando con problemas de productividad; un ingente gasto social en aspectos importantes para la calidad de vida como la vivienda educación, salud, transporte, todo esto aunado a condiciones climáticas que exponen la ausencia de una política de planificación en materia de generación de energía eléctrica. Un Estado que aspira a ser omnipotente y omnipresente, pero no tiene las mínimas condiciones para ello. Es por ello, que el debate petrolero, por el aura de producto milagroso y salvador de nuestra economía, se llevara todo el tiempo y el esfuerzo que, desde ya es necesario invertir para, aun con el viento en contra, volver a nuestras raíces.

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