La mercadotecnia nació con el
propósito de que las empresas vendieran productos y servicios, e hicieran
dinero. Pasaron los años y con ello evoluciono la sociedad, y de repente no era
suficiente con hacer buenas campañas para vender bien. Ahora la gente demandaba
además de una marca que proyectara calidad y buenos precios, una marca
comprometida con la sociedad, con el ambiente, con las personas. Esto llevo a
una forma más profunda de marketing, el marketing
social. Su principal característica, el ser éticamente responsable,
moralmente correcto y sobre todo, objetivo. Ninguna causa bien vale la
reputación de la Empresa. Para ello hay que elegir causas que por su
concepción, hagan quedar bien a la organización.
Luego vino el activismo social, y
el político. Es difícil establecer una diferencia entre ambos, porque se
refunden en uno solo. Se ve reflejado en grupos que critican desde el consumo
de alimentos provenientes de animales, hasta el uso de joyas y diamantes en
zonas de conflicto, pasando por las críticas al uso de animales para diseñar
productos cosméticos, pieles, y en última instancia el trabajo infantil y
adulto forzado, en el que han sido inculpadas tantas grandes empresas en el
mundo capitalista.
Ante estas situaciones tan
polémicas, ha surgido una ola de iniciativas sociales, que se han nucleado para
formar grupos de activismo político, económico, social y cultural; cada uno de
ellos con una razón de ser, unos valores promovidos, un programa político, unas
banderas sociales, un propósito que se procura, por más utópico que este pueda
llegar a ser. Existen muchos ejemplos para ilustrar este punto. Una de las organizaciones que está a la vanguardia
de este movimiento es el grupo Greenpeace. Su objetivo
está en promover acciones destinadas a proteger el medio ambiente, en todas las
maneras posibles. Son ya famosas sus protestas no violentas, sus intentos
fútiles por salvar en plena alta mar a ballenas cazadas por grandes barcos
pesqueros, por nombrar algunas.
Ahora bien, si el marketing es un
proceso que beneficia precisamente a empresas que cometen crímenes y actos
contra la naturaleza, ¿Cómo serviría para beneficiar grupos de activismo
político y social? La respuesta está en el mismo impacto que una campaña
publicitaria genera en una marca, un bien o un servicio. Haciendo uso de las
mismas estrategias, de los mismos canales (redes sociales, medios
tradicionales, redes de apoyo con otros grupos de activismo) para convocar y
promover actos de apoyo a su causa, una campaña de marketing orientada al
activismo social o político puede tener una influencia positiva en la
percepción de la gente hacia las organizaciones que lo promueven. Haciendo el
uso correcto de la comunicación, se puede hacer la diferencia entre una
manifestación de 10 personas, a una de 1000 o más personas. Además, siempre
jugara a favor del marketing activista la predisposición casi natural de la
mayor parte de la sociedad a apoyar causas que por su razón de ser son
consideradas justas y correctas.
Incluso, hay casos en los que
algunas empresas abandonan el camino de lo políticamente objetivo, y se abonan
al terreno del marketing
con sentido activista. Ha habido casos de empresas que han promovido
campañas en contra de iniciativas que perjudiquen el medio ambiente, o con
mensajes claramente políticos. Irónicamente, la indignación que pueden producir
en los posibles clientes al considerarle una estrategia polémica, se convierte
de alguna manera en un atractivo que influye positivamente en sus productos,
generando un alza casi inmediata en sus ventas.
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