domingo, 4 de diciembre de 2016

Marketing político y su influencia en el resultado de elecciones.

Se dio el batacazo, lo que menos se esperaba, el escenario más improbable. En la nación más poderosa del mundo, un hombre con un discurso agresivo, imponente, por muchos catalogados de racista y hasta misógino, se impuso ante una candidata con un discurso más comedido, más intelectual, en resumen “políticamente correcto”. A este punto, la pregunta obligatoria es: ¿Qué paso? ¿Por qué paso?
La respuesta a estas dos interrogantes pueden ser explicadas, al menos en una de sus dimensiones, en las estrategias de marketing político de ambos candidatos. El marketing político, además de analizar y entender la ciencia política, también estudia la sociología electoral y la comunicación. Esto no significa otra cosa que el resultado de estudiar lo que dice la teoría política, compatibilizarlo con lo que están pensando los electores, y elegir la mejor manera de comunicarlo. Ahora, ¿esto explica que el mensaje altisonante de Donald Trump haya prevalecido al momento de elegir por encima del mensaje moderado de Hillary Clinton? Tal vez no haya sido el mensaje, sino los medios en los cuales se eligió proyectarlo.
En el año 2007, el entonces aspirante a la Casa Blanca, Barack Obama, junto con su equipo de campaña, tomaron la decisión de trasladar el marketing político hacia las redes sociales. Históricamente, las campañas presidenciales se movían en arenas elitistas y tradicionalistas: debates en grandes cadenas televisivas, mitines políticos estructurados, discursos ante personales y líderes principalmente políticos. Obama, junto a su equipo de asesores, percibieron que la clave estaba en ampliar el espectro, en redimensionar la base comunicacional, mudaron la campaña a redes sociales, hicieron uso de la web para captar voluntarios y aportaciones financieras fuera de los grandes benefactores, se aliaron a líderes no empresariales ni televisivos sino sociales y culturales, redimensiono el discurso político llevándolo a niveles de identificación con las clases medias y bajas, la mayoría del País. Así pues, que la respuesta a la “interrogante Trump”, tiene parte de explicación en una estrategia generada por el hombre que, esta vez, apoyaba a su contrincante.
Otro error capital, cometido por Clinton, puedo haber estado en abrazar la siguiente premisa: el mensaje que se hace llegar a los electores debe ser político. Se rehusó a meterse en las arenas que le proponía su contendiente, negándose a dejar de ser políticamente correcta sobre temas puntuales elegidos por Trump como baza, y que, eventualmente le llevaron a la victoria. Por su parte, Donald Trump demostró una mayor comprensión sociológica del electorado, un mejor conocimiento de lo que verdaderamente querían escuchar las clases medias y bajas del País; querían mayores empleos, mejor remunerados, mayores controles migratorios, mayor protección a la economía. Querían sentirse más seguros, no política, sino económicamente. Y en la política,  y lo dice sobradamente la historia, no es lo que se dice, sino con la convicción con la que se dice.  El tiempo, y sobre todo el desempeño del hoy electo presidente, determinaran si el éxito de su estrategia de marketing político fue o no acertada. La respuesta a esa interrogante, está en veremos.


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