Se dio el batacazo, lo que menos
se esperaba, el escenario más improbable. En la nación más poderosa del mundo,
un hombre con un discurso agresivo, imponente, por muchos catalogados de
racista y hasta misógino, se impuso ante una candidata con un discurso más
comedido, más intelectual, en resumen “políticamente correcto”. A este punto,
la pregunta obligatoria es: ¿Qué paso? ¿Por qué paso?
La respuesta a estas dos
interrogantes pueden ser explicadas, al menos en una de sus dimensiones, en las
estrategias de marketing
político de ambos candidatos. El marketing político,
además de analizar y entender la ciencia política, también estudia la
sociología electoral y la comunicación. Esto no significa otra cosa que el
resultado de estudiar lo que dice la teoría política, compatibilizarlo con lo
que están pensando los electores, y elegir la mejor manera de comunicarlo.
Ahora, ¿esto explica que el mensaje altisonante de Donald Trump haya
prevalecido al momento de elegir por encima del mensaje moderado de Hillary Clinton? Tal
vez no haya sido el mensaje, sino los medios en los cuales se eligió
proyectarlo.
En el año 2007, el entonces
aspirante a la Casa Blanca, Barack Obama, junto con su equipo de campaña,
tomaron la decisión de trasladar el marketing
político hacia las redes sociales. Históricamente, las campañas
presidenciales se movían en arenas elitistas y tradicionalistas: debates en
grandes cadenas televisivas, mitines políticos estructurados, discursos ante
personales y líderes principalmente políticos. Obama, junto a su equipo de
asesores, percibieron que la clave estaba en ampliar el espectro, en
redimensionar la base comunicacional, mudaron la campaña a redes sociales,
hicieron uso de la web para captar voluntarios y aportaciones financieras fuera
de los grandes benefactores, se aliaron a líderes no empresariales ni
televisivos sino sociales y culturales, redimensiono el discurso político
llevándolo a niveles de identificación con las clases medias y bajas, la
mayoría del País. Así pues, que la respuesta a la “interrogante Trump”, tiene
parte de explicación en una estrategia generada por el hombre que, esta vez,
apoyaba a su contrincante.
Otro error capital, cometido por
Clinton, puedo haber estado en abrazar la siguiente premisa: el mensaje que se
hace llegar a los electores debe ser político. Se rehusó a meterse en las
arenas que le proponía su contendiente, negándose a dejar de ser políticamente
correcta sobre temas puntuales elegidos por Trump como baza, y que,
eventualmente le llevaron a la victoria. Por su parte, Donald Trump demostró
una mayor comprensión sociológica del electorado, un mejor conocimiento de lo
que verdaderamente querían escuchar las clases medias y bajas del País; querían
mayores empleos, mejor remunerados, mayores controles migratorios, mayor
protección a la economía. Querían sentirse más seguros, no política, sino
económicamente. Y en la política, y lo
dice sobradamente la historia, no es lo que se dice, sino con la convicción con
la que se dice. El tiempo, y sobre todo
el desempeño del hoy electo presidente, determinaran si el éxito de su
estrategia de marketing político fue o no acertada. La respuesta a esa
interrogante, está en veremos.
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